Sembró el pánico en Nueva York durante todo un año, cazando a sus víctimas y dejando cartas firmadas por un perro endemoniado. Ahora sus grabaciones inéditas desde prisión revelan que la locura era solo el principio, el caso de Sam , en un nuevo episodio de Crímenes del Más Allá. Mixel Montoya recorre los ataques y la controvertida teoría de Maury Terry sobre posibles cómplices. --------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------- Letters from hell: the David Berkowitz case He terrorized New York for an entire year, hunting his victims and leaving letters signed by a demonic dog. Now, previously unreleased recordings from prison reveal that the madness was only the beginning. Explore the Son of Sam case in a new episode of Crímenes del Más Allá, as Mixel Montoya retraces the attacks and examines Maury Terry’s controversial theory about possible accomplices. Letters from hell: the David Berkowitz case.
En Crímenes del más allá, Mixel Montoya narra el caso de David Berkowitz, conocido como el Hijo de Sam, y los ataques que sembraron miedo en Nueva York entre 1976 y 1977. Las víctimas, el revólver calibre .44 y las cartas enviadas a la policía y a la prensa marcan el recorrido de este episodio.
Desde el primer ataque contra Donna Lauria y Jody Valenti hasta las pistas que condujeron a la detención en Yonkers, el relato explora cómo avanzó la investigación. También aborda las afirmaciones de Berkowitz sobre el perro de su vecino y la investigación del periodista Maury Terry, quien sostuvo que podían existir otros participantes.
El episodio examina esa posible participación de cómplices y los supuestos vínculos con un grupo satánico como teorías controvertidas. Una historia sobre crímenes, cartas amenazantes y las preguntas que persistieron después del arresto.
Capítulos temáticos:
Nueva York bajo el miedo del Hijo de Sam
La detención de David Berkowitz en Yonkers
El primer ataque: Donna Lauria y Jody Valenti
Nuevas víctimas y el patrón del calibre .44
Las cartas del Hijo de Sam y su impacto en la prensa
Los últimos ataques y la pista de una multa de estacionamiento
La historia de Berkowitz y sus afirmaciones sobre el perro de Sam Carr
Maury Terry y la teoría de otros participantes
Los hermanos Carr y los supuestos vínculos con un grupo satánico
Las preguntas que deja el caso
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On Crímenes del más allá, Mixel Montoya tells the story of David Berkowitz, known as the Son of Sam, and the attacks that spread fear across New York in 1976 and 1977. The victims, a .44-caliber revolver, and letters sent to police and the press shape the episode’s narrative.
From the first attack on Donna Lauria and Jody Valenti to the clues that led to the arrest in Yonkers, the episode follows the investigation. It also explores Berkowitz’s claims about his neighbor’s dog and journalist Maury Terry’s investigation into the possibility of other participants.
The episode examines possible accomplices and alleged connections to a satanic group as disputed theories. A story of crimes, threatening letters, and questions that persisted after the arrest.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
La ciudad de Nueva York en pánico. Muchas personas muertas y para todos un único responsable. Un miedo que trepaba por las paredes de ladrillos de los edificios del Bronze, que se colaba por las ventanas abiertas de Queens y que envenenaba las noches de Din. Las víctimas caían como piezas de un tablero macabro. Mujeres jóvenes, parejas en coches aparcados y gente que solo quería vivir su vida en paz terminaba muriendo. En total, seis muertos y siete heridos, todos con el mismo calibre 44 en medio de la oscuridad, ya entrada la noche y luego las mujeres se tinieron el pelo. Las parejas dejaron de besarse en los coches y los cines vaciaron sus alas. Y para cuando por fin atraparon a alguien, no tardaron en llegar las dudas. Si al que atraparon no fue el único, si había otros asesinos más, si Los otros siguen ahí esperando ansiosos para volver a matar. Bienvenidos a crímenes del más allá.
Yo soy Mixel Montoya y en el episodio de hoy, la historia del criminal que atemorizó a la ciudad de Nueva York. Cartas desde el infierno. El caso de David Berkovitz.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
10 de agosto del año 1977. Era un verano realmente difícil en Junkers. En la calle había estacionado un coche en el lugar de siempre, de esos que hay miles en Nueva York, un Ford Galaxy. Estaba frente al edificio de apartamentos del 35 de Warbon Avenue. La chapa del vehículo parecía oxidada y el aspecto general del coche se veía desaliñado. Dentro, un hombre estaba esperando sentado al volante. La calle completamente desolada, apenas y se oían algunos ruidos y en cuestión de segundos todo cambió. La paz se rompió por completo y todo por el sonido de docenas de pistolas desenfundadas al mismo tiempo, mientras un oficial decía gritos: «Arriba las manos, policía». La puerta del auto se abrió. El hombre bajó. No parecía asustado. Fue como si de alguna extraña manera lo hubiese estado esperando.
Los detectives lo redujeron hasta esposarlo sin imaginar que aquella detención no sería el final de la historia, sino solo el principio, pero vayamos paso a paso. No es conveniente adelantarnos porque atrapar a un hombre es una cosa, pero descifrar el alcance de su locura o de sus mentiras, eso es algo muy distinto. Y en este caso, esa fue la auténtica pesadilla.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
Todo comenzó con una chica muerta en bronze por el 29 de julio del año 1976 en una de las tantas madrugadas calurosas de Nueva York. Ella era La Tenía apenas 18 años. Había salido con su amiga Jodi Valenty a tomar algo. Jodi aparcó su auto frente a la casa de Dona en Pelan Parway. Allí se quedaron conversando ambas por un largo rato, como alargando la noche, riéndose como solían hacer, haciendo planes, promesas, sin saber que estas jamás se cumplirían. Porque a eso de la 1 de la madrugada, cuando Dona abrió la puerta para bajarse, vio a un hombre que se acercaba caminando rápido por la cera.
Llevaba una bolsa de papel marrón en la mano. Dona sintió que algo no estaba bien. Tuvo miedo. Los pasos del hombre eran cada vez más fuertes y ella, no entendiendo qué pasaba, le alcanzó a preguntar: «¿Eso que traes ahí, ¿qué es? ¿Por qué te me acercas tanto?». Entonces él rápidamente metió su mano en la bolsa, sacó un revólver, se agachó ligeramente apoyando un codo en la rodilla para estabilizar el tiro como un militar y disparó. Le disparó. La realidad solo fueron tres detonaciones que rebotaron contra las fachadas de ladrillo, pero bastaron para que Dona cayera desplomada contra el piso, casi muerta. Y Jodi también sintió un impacto en el muslo y comenzó a gritar: «¡Ayuda, por favor, alguien que nos ayude!». Sus gritos atravesaron la noche además de despertar a todo el vecindario, mientras él se alejó prácticamente sin darse vuelta, sin prisa, seguro de que nadie lo alcanzaría. Para cuando llegó la policía, Dona ya no respiraba.
Su vida había terminado ahí, esa triste noche en esa esquina. Y Jodi aún seguía con vida, aunque apenas podía hablar. Estaba en shock y como pudo, les explicó a los oficiales presentes lo que había sucedido. Luego la subieron a una ambulancia en dirección al hospital más cercano. Sus heridas no presentaron gravedad y gracias a Dios ella logró sobrevivir. Pasados unos días, dos oficiales fueron a visitar a la habitación: «Necesitamos que intente recordar cómo fueron los hechos. Todo lo que pueda decirnos será de suma ayuda». Y ella recordó lo más que pudo. Describió a un hombre blanco de unos treint y tantos años de complexión gruesa, pelo corto, oscuro y algo rizado, pero no pudo decir mucho más. Y eso era todo. Lo único que tenían para atraparlo era solo una descripción borrosa. ¿Qué podrían hacer con tan poca información?. Igualmente, se pusieron a trabajar. Y aunque la descripción nada tenía que ver con los rasgos del novio de Dona.
En un principio dirigieron todas sus miradas ahí hacia él, pero cuanto más buscaban menos se encontraban. El pobre chico no había tenido nada que ver en la muerte de su novia. Luego de unos meses, ante la falta de datos concretos o caminos certeros en la investigación, el caso acabó por archivarse. Parecía que quedaría todo así, como un crimen más en una ciudad que acumulaba muertos. Porque lo que nadie se imaginó fue que ese era solo el primero de una larga lista que vino después.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
Pasaron algunos meses y en octubre un nuevo hecho ocurrió. Fue en Flushing Queens. Cardenaro y Rosmy Kinan estaban sentados en un coche aparcado. El lugar, una zona tranquila, residencial donde nunca pasaba nada. Hablaban cuando en el medio de la conversación sintieron un fuerte estallido. Las ventanillas del vehículo volaron en mil pedazos. Fue como una explosión, un ruido fuerte. Luego miles de vidrios cayeron. Sin pensarlo, Carl puso un pie en el acelerador y arrancó.
Intentó salir del lugar rápido, desconociendo que lo que acababa de ocurrir era que les habían disparado, porque eso lo supo pasado unos minutos cuando se llevó la mano a la cabeza y la retiró cubierta de sangre. Una bala le había atravesado el cráneo, mientras que Rosemary solo tuvo cortes leves. Llegaron las ambulancias y Carl fue atendido de inmediato. Prácticamente sobrevivió de milagro. Lo llevaron directo a cirugía. La operación fue larga, pero con muy buenos resultados. Cuando por fin él estuvo recuperado, ambos debieron testificar. Pero fue muy poco lo que pudieron decir, pues ninguno había visto al atacante. El padre de Rosy, que era detective con más de 20 años de experiencia, agarró el caso, pero su trabajo fue en vano. Pasados los tres mes veces seguía en el mismo lugar donde había empezado sin nada y ahí el asesino volvió a atacar.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
Dona de Masi, de 16 años y Joan Lomino, de 18 volvían del cine. La noche parecía ser perfecta y estos dos adolescentes estaban disfrutando juntos la salida. Caminaban por la cera hacia la casa de Joan en Floral Park, también en Queens. Cuando ya entrada la noche y estando prácticamente solos, apareció de la nada un hombre con ropa militar. Su llegada fue entre las sombras. Se asustaron, pero no dijeron nada. El hombre parecía querer preguntarles algo. Eso fue lo que ellos pensaron, pero no. Él sacó un revólver. Quisieron huir, pero él disparó. Una bala alcanzó a Dona en el cuello y la otra impactó a Joan en la espalda. El hombre continuó disparando mientras corría, huyendo sin mirar hacia atrás, convencido que lograría escapar una vez más, sin importarle nada de nada. Dona sobrevivió sin secuelas graves, pero Joan quedó paralítica y cuando la policía fue a hablar con ambos, se encontraron otra vez con la misma descripción del atacante, un hombre blanco de pelo oscuro.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
El hecho como era de esperarse tomó estado público y ya nadie podía decir que se trataba de casos aislados. Los crímenes parecían estar relacionados. El poder político comenzó a meter presión en la investigación. Sabían que cuanto más tardaran en dar con el responsable, más muerte sabría. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. El 30 de enero del año 1977, Cristine y su prometido John estaban en su auto cerca de la estación de tren de Forest Hills, esperando al que motor se encienda. Y una vez más, disparos. Tres disparos. Uno, dos, tres. Y nadie hace nada. Cristine quedó inconsciente. Eso como consecuencia de los dos disparos que recibió y acabó muriendo en el hospital unas horas después, mientras que John corrió con mejor suerte y solo recibió heridas leves. Y ahí fue cuando la policía se percató de algo. Todas las víctimas eran mujeres jóvenes de pelo castaño oscuro. Además, todas fueron atacadas de noche mientras estaban con sus parejas.
Eso no era una simple coincidencia, eso ya era un patrón, un modo operandi. Y sobre eso debían trabajar. Encontrar al culpable se convirtió en la prioridad. Pusieron entonces a psicólogos forenses para que estudiaran el caso y pudieran aportar más información. Necesitaban sí o sí más pistas, más datos, algo que los llevara directo a él. ¿Cómo podía ser que tras tantos meses no supieran a quién estaban buscando?. El 8 de marzo, Virginia, de 19 años, estudiante de Columbia, caminó hacia su casa en Forest Hills tras bajarse sola del metro. Cuando le faltaba tan solo media cuadra para llegar, un hombre se puso en el camino. Virginia de manera instintiva levantó sus libros de texto para protegerse, los puso sobre su cara, pero él igualmente le disparó. El estrendo se sintió en toda la cuadra. La bala atravesó los libros y se incrustó en su cabeza. Y ella, Ella murió al instante. La noticia corrió rápido. El miedo fue total. Se hizo como una ola expansiva.
Todos en la ciudad sintieron que corrían peligro y Sí, había un loco suelto en las calles que debía ser atrapado cuanto antes. Pero, ¿cómo hacerlo?. ¿Cómo si aún no tenían ni su nombre ni su dirección?. No tenían nada. La policía estaba en un callejón sin salida. La presión mediática era cada vez mayor. Las alertas estaban sonando sin que pudieran hacer algo. Las autoridades pusieron todos los recursos a disposición. Más patrullas en las calles, más oficiales camuflados de civiles.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
Y el 17 de abril a las 3 de la madrugada Volvía a ocurrir algo que lo cambió todo. Valentina Zuriani de 18 y Alexander Esaú estaban sentados en el coche de ella en el bronze cuando un hombre se acercó a ellos y les disparó repetidamente. Alexander murió en el acto y Valentina, si bien logró llegar viva al hospital, no sobrevivió. Cuando la policía inspeccionó la escena, encontró algo que no había estado antes. Por primera vez, el autor de los hechos había dejado una carta.
Estaba escrita a mano y colocada junto a ambos cuerpos, firmada como el monstruo: «Yo debo ser el agua que beban. Las chicas de Queen son las más bonitas de todas y con esto les prometo que habrá muchas más muertas. Después no digan que no les avisé». Claramente los estaba amenazando. El lenguaje era extraño, críptico, como salido de una película de terror. Pero en algo se había avanzado. El asesino había hablado por primera vez. Intuyeron que al abrir él solo el juego anhelaba ser encontrado. La misión seguirle hasta atraparlo. Lo que vino después parecía sacado de un libro de Agatha Christi. La columnista Jimmy Wrestling del New York Daily News recibió una carta en su oficina. Venía en un sobre manchado con palabras escritas en el exterior. Dentro una carta. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo antes de abrirla. Sabía que ese acto sería un antes y un después, no solo en el caso, sino también en su carrera: «No olviden a dona Lauria y no dejen que la gente la olvide».
«Era una chica muy dulce, pero Sam está sediento y me obligará a matar hasta que tenga su dosis de sangre diaria». Eso estaba escrito a mano. ¿Quién era Sam?. ¿De qué estaba hablando?. Cuando terminó de leerla, fue directo a las oficinas de los directivos del diario y a los 10 días el Daily News la publicó. Con esa noticia en la portada se vendieron más de un millón de ejemplares. Fue todo un éxito, pero el pánico en toda la ciudad se hizo inevitablemente más grande. Y es que ninguna chica podía sentirse segura hasta que no atrapasen al monstruo, sobre todo las mujeres con pelo castaño oscuro. Entonces, cientos de chicas fueron a cortarse el pelo, mientras que otras decidieron tenírselo de un rubio platinado. Las parejas dejaron de aparcar en calles solitarias. Los cines vaciaron sus salas a las 10 de la noche y casi todos los restaurantes perdieron clientes. La ciudad había quedado vacía, desolada. Nadie quería morir.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
Un martes de junio, Judy Plácido, de 17 años, y Sal Lupo de 20, salieron de una discoteca en Baitide Queens. Se sentaron en el coche de él. Unos minutos antes habían estado hablando de todas esas muertes, de lo extraño que se sentía todo, convencidos de que eso a ellos no les pasaría. De repente, tres disparos irrumpieron en la conversación. Judy fue quien recibió los primeros balazos, uno en la cabeza, otro en el cuello y el último en el hombro, mientras que sal solo en el brazo. Por suerte, ambos sobrevivieron y si bien ellos no alcanzaron a ver nada, unos vecinos sí. Pelo oscuro, misma descripción, misma arma. Se trataba entonces del mismo hombre, el mismo asesino. Y mientras la policía intentaba dar con él, otra tragedia más ocurrió. Solo que esa vez la protagonista era rubia. Fue de hecho la primera víctima rubia. Sobre las 2:50 de la madrugada, el monstruo, como él mismo se hizo llamar, se acercó a una pareja y les disparó cuatro veces.
Robert perdió un ojo y Stacy recibió un tiro en la cabeza, lo que le provocó la muerte de inmediato. Pero esa vez ocurrió algo distinto. El azar, ese aliado caprichoso de los investigadores, se puso de su lado. Por fin, algo podría cambiar las cosas. Por fuera de todo lo previsto, una mujer que paseaba a su perro cerca de allí lo vio todo, a un hombre con actitud muy extraña y ella lo siguió con la mirada fijamente mientras el hombre continuó su camino hasta perderse. Luego se oyeron los disparos. Asustada, quiso ver qué era lo que estaba sucediendo y cuando se asomó, vio al hombre subirse escapando en un Ford Galaxy. Y ese, créanme que ese fue su fin. Fueron tras el auto y así revisando las multas de aparcamiento de la zona de esa noche lo encontraron.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
Su nombre, David Berkits, un cartero de 24 años que vivía en Junkers. Sus orígenes estaban marcados por el abandono. Nació como Richard David Falco el primero de junio de 1953 en Brooklyn, Nueva York. Y como su madre no lo quería tener, fue dado en adopción al muy poco tiempo de nacer. Se creó con una pareja judía, Nathan y Per Bergwits, quienes le cambiaron el nombre a David y le dieron su apellido. Por más que sus padres adoptivos se esmeraron, desde pequeño su infancia fue problemática. Mostró signos de depresión severa y comportamientos violentos. Parecía inadaptado, un chico distinto y con los años todo esto empeoró. Más con la muerte de su madre adoptiva Pearl, que ocurrió cuando él tenía apenas 14 años. Ese fue un golpe devastador en su vida que profundizó su aislamiento y desarraigo. Esa muerte lo hizo aún más violento y así creció dándole permanentes problemas a su padre, que ya resignado no sabía qué más hacer por él. Tras servir en el ejército en 19 171 a 1974, regresó a Nueva York y buscó a su madre biológica. Al conocerla se enteró de que su padre biológico nunca quiso reconocerlo y eso eso fue para él devastador.
Destrozó su sentido de la identidad y marcó un punto de quiebre definitivo en su salud mental. Prácticamente allí comenzó su fascinación por el ocultismo, la brujería y el satanismo. Ese hecho fue el principio del fin. Y la noche del 10 de agosto, el fin de su carrera criminal. Los detectives rodearon al Ford Galaxy. Berkovit estaba sentado al volante, quieto, sin moverse, como si llevara horas esperándolos. Y cuando le apuntaron con las armas, sonrió con una sonrisa extraña, como de alivio, y dijo lo siguiente: «¿Cómo es que se tardaron tanto?». En el coche encontraron el revólver en una bolsa de papel, un rifle, munición, mapas de las escenas del crimen y más cartas que seguramente pensaría repartir luego. Y cuando les tocó el turno de ir a su casa, se encontraron con el más absoluto caos. Todo estaba revuelto. En el medio del living, a modo de altar, un diablo. A un costado, un cuaderno con recortes de periódicos, todo sobre los crímenes que él había cometido.
Lleno de graffitis satánicos, frases y conexas y dibujos de demonios. En una esquina provocó una sensación terrorífica, una jaula vacía en la que seguramente tuvo a un animal encerrado. Y mientras la policía estaba en su casa, él continuaba sentado en la comisaría, tranquilo, esperando su momento, el de poder hablar y contarlo todo. Y eso hizo sin parar por horas. Dijo que había empezado a matar por orden de un demonio. Un demonio que habitaba en el perro de su vecino: «Sam se emborracha y se vuelve malo. A veces me ata detrás de la casa. Otras veces me encierra en el garaje y es que a Sam le encanta beber sangre. Sal y mata. Eso es lo que me dice. Sal y mata. Yo no fui, él me obligó». Los allí presentes se miraron. No era el testimonio que esperaban, pero él confesó y con eso bastaba, o por lo menos eso fue lo que quisieron creer.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
Y justo ahí es donde la historia debería terminar, pero sin embargo es prácticamente donde comienza porque una vez que le fue juzgado, un periodista, Mauri Terry decidió meterse de lleno en el caso. Un hombre tranquilo que trabajaba en IBM y vivía en un barrio residencial empezó a leer las declaraciones de los testigos y algo no encajaba. Los testigos habían descrito otra cosa. Nada que ver con Berkovitz, un tipo bajito, moreno, de aspecto común. Los retratos eran radicalmente distintos. Las balas, según los informes balísticos, parecían venir de armas diferentes. Y sin embargo, todo se cerró con la misma llave. Él confesó. Terry con la obstinación propia de cualquier periodista empezó a tirar del hilo y el hilo fue más largo y más oscuro de lo que se podría haber imaginado. Y fue así como encontró a una familia en Junkers, los Car. Samcar, un hombre mayor, dueño de un perro llamado Harvey, el mismo perro que según Berkovits, le ordenaba matar. Pero Harvey no hablaba.
Harvey era un perro normal. Los que sí hablaban eran los hijos de Sam Car, John y Michael, dos jóvenes rubios, altos, con problemas con la ley y vínculos con grupos raros, sectas, rituales. Y lo cierto fue que John Car tenía un parecido asombroso con los relatos del tirador. La coincidencia era demasiado perfecta y desde entonces las muertes empezaron a acumularse. Michael G murió en 1978, un año después del arresto de Berkovit, ahogado en el río Hudson en circunstancias que no se aclararon bien del todo. John murió en 1980 en extrañas condiciones. Dos testigos clave, dos hermanos muertos y nadie investigó. La policía ya tenía a su hombre, todo lo demás sobraba, pero Terry no desistió, pues descubrió que Berkovitz había vivido en la calle Borberton apenas unos metros de la casa del Oscar. Descubrió que el perro Harvey no dejaba de ladrarle, que Vercovitz le disparó una vez y que después empezó a recibir cartas amenazadoras.
Cartas que nunca aparecieron en el juicio descubrió que la noche del asesinato de Stacy Moskovic, la última víctima, Berkovic estaba en el cine y para eso sobraban testigos. Él no había podido ser el tirador. Lo que claramente pudo ser fue un ceñuelo, un chivo expiatorio, un peón en un juego mucho más grande. Terry entonces no aguantó más y fue a la cárcel para hablar con él. Perkov, entre contradicciones y silencios, le confirmó sus sospechas. Dijo que no había actuado Solo dijo que formaba parte de una secta llamada los niños y que los hermanos Carl estaban involucrados. Además, le confesó que había otros tiradores aquel verano, otros hombres que apretaron el gatillo mientras él hacía de vigilancia o ni siquiera estaba presente. La secta tenía conexiones con otras muertes en todo el país, con Charles Manson, con la iglesia de la procesión y hasta con una red de crimen organizado que usaba el satanismo como pantalla. Eso fue lo que dijo Terrick.
Hablante 1 (Mixel Montoya / Narrador):
hizo que la verdad se sepa, pero pocos se tomaron el tiempo de escuchar. Entonces fue cuando escribió un libro, El mal definitivo. Fue un bestseller, pero también se convirtió en el blanco de todas las burlas. La policía lo ningunió, los fiscales lo ignoraron y los periodistas lo llamaron cospiranoico. Su matrimonio se rompió, su salud se quebró, su reputación quedó hecha trizas. Murió en el año 2015 dejando cajas y cajas de documentos sin publicar. Pero aunque él ya no está, las preguntas siguen ahí sin respuesta. ¿Por qué los relatos eran tan distintos?. ¿Por qué Berkovits cambió su versión de los hechos?. ¿Por qué los hermanos Car murieron justo después del arresto?. ¿Y por qué la policía nunca investigó sus conexiones?. Preguntas que casi 50 años después nadie ha podido responder. Esta es la historia repleta de cabos sueltos que alguien alguna vez ató para que todos pudiéramos dormir tranquilos.
Pero quien ha mirado de verdad, quien ha leído los informes, quien ha escuchado los silencios de Berkovits, sabe que allí abajo, en la oscuridad todavía hay algo moviéndose. Hoy Berkovit cumple su condena en una prisión en el norte del estado de Nueva York. Tiene 72 años, pesa más de 100 kg y se pasa sus días leyendo la Biblia, escribiendo reflexiones espirituales en su sitio web y pidiéndoles perdón a las víctimas. Es probable que termine muriendo en prisión. Pero la pregunta sigue viva. ¿Hubo otros hijos de Sam?. ¿Hubo otros tiradores aquel verano o fue todo una simple fantasía?. Esto fue Crímenes del Más allá, una producción original de qué onda Nueva Network. No olviden suscribirse y calificarnos en todas las aplicaciones. Soy Mixel Montoya y nos escucharemos en el próximo episodio.